En Tiempos de Aletheia

La insoportable pesantez del ser

La idea de lo insoportable es misteriosa y recurrente. No pocos recordarán cómo utilizó Kundera la oposición entre Heráclito y Parménides para expresar su particular visión existencial de la realidad. Cómo, al parecer, la vida se ha vuelto algo paradójico, monótono y quejumbroso, lo cual nos impele a elegir entre dos interpretaciones a cada cual más lastimeras. Y cómo, en aquella novela filosófica moderna, que llegó a bestseller y libro de culto, se exponía que los acontecimientos pesan sobre nuestros hombros sobremanera como una carga y un castigo absurdo que siempre retorna. Donde la levedad es todo un reto, positivo, siempre ahogado por lo negativo: el peso.

No pocos encontrarán en ella, y sus personajes, reminiscencias de los filósofos más renombrados y sesudos de los últimos siglos. Tomás, Teresa, Franz y la pintora Sabina, sumidos en el drama de la ocupación soviética, representaban para el autor la viva imagen de la doble y descarnada desventura del hombre y la mujer modernos. Sujetos sometidos, a la vez, a la calamidad histórica y a la irracionalidad personal. En palabras de la misma obra, lo insoportable del ser es la esencia presente del mundo. A tal punto que es, también, su cosmovisión: el kitsch imperante en la actualidad (y en el mismo libro).

No otra cosa se podría desprender de las lecturas de sus padres ideológicos: los Sartre, los Beauvoir, los Cioran o, incluso, los Camus de turno. Como tampoco podría extraerse otra cosa, en una deriva imparable hacia el pesimismo a ultranza, de todos los pensadores y pensadoras, de todos los novelistas, de todos los artistas y de todos los intelectuales de prestigio que pueblan la república cultural hegemónica. Una suerte de insoportable apuesta vital y social por todo lo feo, lo tétrico, lo triste, lo desgarrador y lo patético. Como si lo fúnebre y lo nihilista debieran conjurarse para ser el sentimiento último de las cosas. Como si la náusea más nauseabunda, la alienación más alienante, el absurdo más suicida, y el existencialismo peor entendido, se hubieran conchabado para llegar a ser la fórmula dominante de la filosofía y el sentido de la vida, promovidos directamente desde las instancias filosóficas y creativas que precisamente debieran tener la obligación de configurar y dotar de color y valor a la existencia.

Que la verdad ha sido deslegitimada (en terminología posmoderna), que el mundo ha sido des-magificado (que diría Max Weber), y el ser humano se ha convertido en un ente trágico (algo que subscribirían tanto Nietzsche como Unamuno), no se escapa ni a la alta intelectualidad ni al común de los mortales. Son hechos o premisas que, sin llegar a ser un Sócrates del siglo XXI, cualquiera que aspire a llevar una vida digna de ser vivida, debe plantearse. Mas ¿cuál es la necesidad de promover de continuo y sin escapatoria posible un ideario semejante?, un ideario en nada vitalista, en sumo.

Todas las épocas se han cuestionado lo banal de existir, la futilidad de la vida y la imperiosidad saturnina del dolor, la pérdida y la muerte. Empero, incluso en las edades más oscuras de las danzas macabras, todo eso parecía una reducción al absurdo, una especie de trampolín para elevarse a instancias de trascendencia mayores. No otra cosa significaba lo trágico en la Grecia clásica, no otra cosa era el Memento Mori, ni algo diferente eran las filosofías falsamente pesimistas de los padres del Existencialismo, como Pascal, Kierkegaard o, los ya citados, Don Federico y Don Miguel. Pero nuestra forma de abordarlo…, pocas veces, por no decir nunca, hubo, en los registros sapienciales, un despropósito mayor.

Nos rodea, cultural, social e individualmente, la pesantez autobuscada y autocomplacida. Una inconsciencia infantil y tarada por buscar la nada. Como si esta no fuera ya lo suficientemente presente como para tener que manifestarla a cada paso, como si hubiera que reforzarla a cada momento a riesgo de encontrar cosas amables, alegres y saludables que tiraran por tierra ese castillo de arenas movedizas en el que nos hemos querido enclaustrar y enterrar. Como si tuviéramos miedo de recordar la potencia vital de otros segmentos históricos, de hallar otros autores felices y heroicos o de colisionar con otras respuestas al sentido de la vida que hagan aparecer a nuestros infortunios como una sarta de tonterías quejicosas.

Y es que, quizá, solo quizá, deseamos revolcarnos en la tristeza por la falta de estímulos mayores, o porque ningún estímulo es ya capaz de llenarnos. Queremos aparecer rebosantes de turbación y congoja, como arrojados río abajo, e imaginamos que todos vamos a ser engañados y denunciados porque así tiene que ser por destino (“Ja, es muss es sein”), donde los cuerpos tienen que ser feos y los acontecimientos sombrios, donde perdemos hasta el perro, y donde vamos a morir en el exilio, apaleados o aplastados por un camión. Y todo, porque somos, en realidad, incapaces de enfrentarnos a la realidad de ser homos insapiens (o simias sapiens) auténticos. Y así, quizás, solo quizás, es por eso que somos tan pesados y montamos tamaños teatrillos sadomasoquistas (con libros, con filosofías o con formas de vida) en los que vomitamos fingidamente tal ficticia y autocompasiva pena negra. Sin darnos cuenta de que, con tamaña autoimportancia, estamos fomentando el inconsciente personal y colectivo más penoso y pedante que los tiempos vayan a recordar…, y, de paso, desperdiciamos cómicamente lo poco o mucho (pesado o liviano) del Ser que tenemos.

 

“Resulta vano el discurso del filósofo que no cure algún mal del ánimo humano”, Epicuro.