En Tiempos de Aletheia

El circuito del tiempo en la novela Esperando a los bárbaros, de John Coetzee y en el poemario Ítaca, de Constantinos Kavafis

En el presente artículo, abordaremos la mirada particular del tiempo en ambos escritores provenientes de países colonizados, Sudáfrica en el caso de Coetzee; Grecia-Egipto, en el caso de Kavafis.

Coetzee menciona recurrentemente el tiempo a lo largo de toda esta obra, sea valiéndose de alusiones explícitas, como también de valoraciones que dan cuenta de su preocupación por la temporalidad de manera indirecta. Entre referencias del primer tipo, podemos anotar cuando, en un momento dado reconoce que él era la mentira que un Imperio se cuenta a sí mismo en los buenos tiempos, y el coronel Joll la verdad que un Imperio cuenta cuando discurren malos vientos (197).

Coetzee se pregunta: ¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los imperios tienen la culpa! Los imperios han creado el tiempo de la historia. Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y el fin, de la catástrofe, mencionando que los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia oculta de los imperios solo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era (194).

El tiempo de las estaciones no solo aparece cada vez que el Magistrado hizo alusión expresa a ese fenómeno cíclico, sino que lo podemos observar también, por ejemplo, en el efecto del invierno en el sueño de nieve, en que nuevamente vemos como el protagonista asume un registro de temporalidad diferente del de la historia de la humanidad; o a la referencia a la primavera, cuando se disponía a viajar a la frontera con el objeto de reintegrar a la mujer a los suyos, donde lo lógico era diferir el inicio del viaje hasta la llegada de la primavera, y no lo hizo, exponiendo a los viajeros al desastre, como de hecho ocurrió.

Una de las reflexiones más importantes de la novela de Coetzee recae en la concepción de dos dimensiones del tiempo, el cíclico de las estaciones y el lineal del Imperio con su línea que une el pasado y el futuro.

Hacia el final del capítulo cuarto, encontramos que el sentido de eternidad, que resulta concordante con el tiempo cíclico –basta recordar a este respecto el Ouroboro, la serpiente que se come la cola, así como otras representaciones de lo eterno a través de formas circulares– está presente en la novela a través de los niños, también como sentido de permanencia.

El comentario final del Magistrado sobre sentirse perdido hace mucho tiempo, pero que, sin embargo, persiste en un camino potencialmente sin destino, es decir, esa duda o titubeo, la falta de dirección que lo invade en la hora postrera, implica que, si bien ha comenzado a entrar en el tipo de percepción cíclica del tiempo con la que siempre soñó, finalmente parece que su visión del tiempo circular, no era tan milagrosa como él solía idealizar.

Por su parte, Constantino Kavafis es conocido como un poeta de la decadencia, pues el poeta expresa lo trágico del destino humano en un doble plano, colectivo e individual. Esta decadencia se explica por el hecho de que Kavafis tomó acontecimientos de los tiempos posclásicos y bizantinos, épocas de objetiva decadencia, para dar expresión en ellas a situaciones contemporáneas y sentimientos personales. Además, correspondía a la realidad del ambiente de Alejandría de fines del siglo XIX, oscurecido por la dominación británica, después del esplendor que alcanzó como parte del Egipto semiindependiente.

Mencionaremos al respecto, que Bachelard, en su obra “La intuición del instante”, nos proporciona una visión del tiempo poético que en sí misma es poética, y que resulta del todo aplicable a lo que venimos señalando, principalmente por el hecho de establecer el autor francés una noción del tiempo que ciertamente se aleja de toda concepción lineal o cronológica de la temporalidad. En efecto, Bachelard menciona que la poesía es una metafísica instantánea; que, en un breve poema, la poesía debe dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos, todo al mismo tiempo, en términos tales que si el poema sigue el tiempo de la vida, es menos que la vida; solo puede ser más que la vida inmovilizando la vida, viviendo en el lugar de los hechos, la dialéctica de las dichas y de las penas.

Ahora bien, en Kavafis nos encontramos permanentemente con una poesía que da cabida a la melancolía del pasado, al sentimiento de temporalidad, al recuerdo y a la historia. El sentimiento de la vejez, la muerte y el tiempo son constantes en su obra y de ello el poemario Ítaca no es una excepción.

Consideramos que el poema Velas, conduce lo recién dicho a su máxima expresión, al representar el transcurso de nuestras vidas a través del símil de las velas:

              Los días del futuro se yerguen delante de nosotros

como una hilera de velas encendidas-

velas doradas, cálidas y vivas.

…Cuán rápido la línea oscura crece,

cuán rápido aumentan las velas apagadas.

Sin embargo, no todo es pesar por el pasado en un poeta considerado complejo y de creciente atención como lo es Kavafis. También está la idea de retorno, común a Coetzee, como anunciamos. De ello es ejemplo el poema Quién fracasó:

              Para el que fracasó, el que vino a menos

              qué difícil aprender de nuevo el lenguaje

              y los nuevos modos de la pobreza

Y como vuelta al pasado bajo la forma del pasado que se hace presente, como ocurre en el poema Grises, donde al referirse a dos ojos de ese color, apunta que:

              Memoria mía, guárdalos tú como eran.

              Y lo que puedas, memoria, de ese amor mío,

              lo que puedas, tráemelo esta noche.  

  Por otro lado, la memoria de los sentidos entendida como memoria del cuerpo, es Vuelve, cuya existencia no solo permite ejemplificar lo dicho, sino que, además, desde el título, pero más allá de él, nos abre a la idea de regreso:

Vuelve muchas veces y tómame

sensación amada, vuelve y tómame

cuando se despierta la memoria del cuerpo.

Ahora bien, decantando estos elementos, cabe la pregunta acerca de cuál es, en definitiva, al menos como aproximación el sentir del poeta griego en relación al tiempo y, al respecto, podemos concluir que se trata de un tiempo que, si bien está afectado por el hecho de ser habitante de una colonia, que escribe desde el Protectorado Británico de Alejandría, como se aprecia en el siguiente poema que referimos a continuación y que, además, demuestra definitivamente el elemento de la espera también presente, al igual que en Coetzee, en Kavafis. Se trata del poema Esperando a los bárbaros:

Porque anocheció y los bárbaros no llegaron.

              Y unos vinieron desde las fronteras

              Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros.

Además de mencionar que resulta claro constatar la importancia que ambos autores asignan a la temporalidad, resulta también posible apreciar que tanto en los poemas de Kavafis como en la novela de Coetzee, contienen la idea de espera, no solo porque el título de las dos obras lo diga, como ocurre en Esperando a los bárbaros, o lo sugiera, como es el caso de Ítaca, isla mitológica donde Penélope tejía mientras Ulises no regresaba de su Odisea, sino porque en las obras de ambos autores encontramos ejemplos que confirman nuestra apreciación.

Bajo esta línea argumentativa, podemos preguntarnos que, si somos consistentes con la idea del tiempo cíclico, natural y no humano, que el Magistrado afirma en tono kavafiano –elegíaco–, cuando poéticamente se pregunta por qué no podemos ser como los pájaros o los peces; y si somos consistentes también con el hecho de que el tiempo lineal que denomina “tiempo de la historia”, y que el tiempo del Imperio, según la lógica de detentar o no detentar el poder y sus vicisitudes y, en particular, con el hecho de que tampoco este tiempo es humano, cabe entonces interrogarse acerca de si verdaderamente el hombre o la humanidad tiene realmente alguna temporalidad donde residir –en el sentido de habitar– o si, por el contrario, sea la propia condición humana la que está condenada a la intemporalidad.