En Tiempos de Aletheia

Arquetipo femenino: La Bruja

La palabra “bruja” tiene varios posibles orígenes: el término bruixa aparece por primera vez en documentos del S.XIII probablemente de origen ibero o celta; los expertos no se ponen de acuerdo en si su origen lo tendría en la palabra latina voluxa “que vuela” o brixta de origen celta que se traduce como “hechizo”. Cuentos, películas, cuadros y otras representaciones gráficas han construido la imagen de las brujas que vive en el imaginario colectivo, estando la palabra bruja asociada a esas mujeres viejas, feas, vestidas de ropas oscuras y que gustan de salir volando por la noche sobre una escoba al encuentro de otras iguales en los aquelarres.

Pero, ¿de dónde surgió esta figura? Si hacemos un repaso rápido encontramos desde brujas jóvenes y seductoras a ancianas horripilantes. En la Biblia encontramos a la bruja de Endor en Reyes; en el mundo clásico la maga Circe en la Odisea convertía a los hombres de Ulises en cerdos. En el Renacimiento, Alberto Durero y Andrea Montagna recrean en sus grabados por primera vez la figura de la bruja como una mujer anciana y terrible. En la serie de Los Caprichos de Goya en el s. XVIII, las brujas están asociadas a los males de la sociedad: la codicia, la corrupción o la guerra.

En los cuentos de los hermanos Grimm y otros los cuentos de la tradición oral que se contaban a los niños y niñas para advertirles de peligros reales y transmitirles ciertas enseñanzas, adoptaron las figuras de estas madrastras y brujas que Disney se encargó de terminar de acuñar para presentarlas a nuestra generación. Es curioso cómo los hombres anónimos que acechaban jovencitas en los bosques fueron disimulados tras la imagen de un lobo, mientras las brujas se consolidaban cada vez más como las malvadas de los cuentos.

Sin embargo, el significado de la palabra witch es mujer sabia (wise woman) y es que las mujeres de la cultura celta tenían un profundo conocimiento de la naturaleza y eran expertas en el estudio de las plantas. Se ocupaban de preservar y transmitir estos conocimientos de generación en generación y eran respetadas y valoradas en la comunidad.

Con el tiempo esta valoración de las mujeres sabias se perdió y desvirtuó. El Estado y la Iglesia se encargaron de afianzar una serie de preceptos que se tradujeron en una lucha del conocimiento y el control por el cuerpo femenino. Aquellas mujeres que tenían conductas que no encajaban con los estereotipos, cuestionaban la autoridad de Dios o mostraban habilidades curando enfermedades empezaron a ser mal vistas. Y es que las brujas son el arquetipo que resultó de la visión misógina del mundo.

Dos tipos de pensamientos se vieron confrontados:

  • el pensamiento femenino, basado en el análisis y manejo de la experiencia;

  • el pensamiento masculino, construido sobre la lógica, el cálculo y la memoria.

Este último representaba el discurso de poder. Y en una Europa azotada por las guerras, en la cual perecieron numerosos hombres, las mujeres eran mayoría. En los medios rurales, las mujeres poseían conocimientos prácticos como comadronas, yerberas y curanderas. Sus prácticas se basaban en la observación y la experiencia, así como en los remedios naturales. Por lo tanto, aquellas que vendían filtros, remedios comenzaron a ser vistas como charlatanas. Pero ¿cómo llegaron a desatarse las temidas “cazas de brujas”?

Podemos encontrar los antecedentes de lo que fue una histeria colectiva propia de un tiempo de oscurantismo, control eclesiástico y desconfianza durante la Edad Media. Hacía el S.XIII, la Iglesia Católica organizó persecuciones organizadas a los cátaros, movimiento herético presente en Europa, especialmente en el sur de Francia, considerado una secta hereje. Entonces, instauró la Santa Inquisición para controlar las prácticas mágicas. Más tarde y en época de los Templarios, Juan XXIII estableció la Bula Super Illius Specula por la cual se consideraba a toda aquella práctica al margen de la Iglesia de magia y, por lo tanto, hereje. A principios del S.XIV la orden de los Templarios cuyo poder hizo sentirse amenazado al rey de Francia, fue disuelta por acusaciones de brujería y adoración al diablo, llevando a varios de sus integrantes a ser quemados en la hoguera. En 1484, el papa Inocencio VIII condenó radicalmente a todos aquellos que cometieran actos que ofendiesen a la fe cristiana. La lucha por la herejía fue una de las chispas y el pretexto que encenderían las hogueras de los episodios de las cazas de brujas.

Entre los ss. XV y XVIII entre 40.000 y 60.000 personas (mujeres, niños y hombres) fueron juzgados y condenados a la Pena Capital por brujería. Se estima que muchos más perecieron aunque no han sido contabilizados y han quedado fuera de las cifras oficiales.

Ya en 1459, en la ciudad francesa de Arras, se produjo lo que pasó a conocerse como “vauderie de Arras”, una oleada de histeria y acusaciones que condujo a 12 personas a la muerte, y en la cual, el rey Felipe el bueno, tuvo que intervenir.

Pero fue hacía la mitad del S.XVI y hasta el S.XVII cuando se vivieron las primeras oleadas importantes en distintos países de Europa, ¿las causas? Las inclemencias del tiempo en una llamada “pequeña era glacial” dieron como resultado malas cosechas y carestías; al clima de miseria y tensión se le vino a sumar el terror de la peste negra (1630). Europa estaba asolada, el miedo, la desconfianza y la enfermedad se instalaron en las diferentes regiones y países del continente y, a falta de ciencia y tecnología, se empezó a buscar una causa de todo aquello. Causas o culpables estaban forzosamente relacionados con el mal y este mal supremo era cosa del diablo. Comenzaron a buscarse chivos expiatorios y las mujeres fueron el objetivo recurrente, aunque no el único. La mayoría de las acusadas eran mujeres solas, solteras o viudas, marginadas de la sociedad, que no tenían a nadie que las defendiera. Existía la idea de que, si se acababa con ellas, los males que asociaban a la sociedad desaparecerían. Una acusación, seguida de encierros y torturas buscando una confesión, desencadenaba otras tantas; se señalaban a vecinos, a mujeres e hijos, el miedo a ser acusado llevaba a la gente a culpar a miembros de su propia familia. El pánico y la locura colectiva desembocaron en situaciones terribles como ejecuciones de niños pequeños acusados de tener contacto con Satanás o participar en sesiones de magia negra o familias enteras quemadas en la hoguera.

Las persecuciones y juicios por brujería azotaron Europa, desde los países escandinavos hasta Italia o España. Pero fue en Alemania donde se desataron con mayor intensidad las cazas de brujas, cobrándose cerca de 25.000 vidas entre los S.XVII y XVIII, lo que significa el 50% del total europeo. Podemos explicarlo por la falta de un poder central fuerte, la fragmentación política y la convivencia de católicos y reformados. En cambio, en nuestro país, a pesar de la tradición católica y la fuerte presencia de la Inquisición, las cazas de brujas no proliferaron. Precisamente porque la Inquisición seguía unas normas estrictas en los juicios, se impidió en gran medida que se repitieran las situaciones vividas en otros países. Debemos nombrar, por supuesto, los juicios de Zugarramurdi que, en 1609, condenaron a muerte a once mujeres, de las cuales perecieron seis en la hoguera ya que las demás habían sido asesinadas durante los interrogatorios.

Fue hacía el SXVIII, en el denominado Siglo de las luces, cuando voces de intelectuales y grandes pensadores empezaron a denunciar públicamente estos hechos, la opinión pública y el poder los condenó: por fin la luz de la razón había llegado para alumbrar el oscurantismo en Europa. Pero no nos engañemos, el arquetipo o prototipo de bruja sigue vigente hoy en día bajo diferentes formas e inscrito en diferentes contextos: las mujeres que retiran el velo en Irán, las activistas LGTBI encarceladas en distintos países. Las mujeres transexuales asesinadas a lo largo del mundo son solo algunos ejemplos de cómo aquellas mujeres que se salen de la norma y que, por su circunstancia social, están más desprotegidas, encarnan un blanco fácil tanto para los abusos de poder como para los linchamientos de ciertos compatriotas.