En Tiempos de Aletheia

La venus de ébano

Antes de que los ciudadanos afroamericanos fueran considerados ciudadanos con los mismos derechos que los demás (al menos en teoría) en los Estados Unidos, antes de Rosa Parks y de Martin Luther King, una mujer mestiza de Saint Louis cruzó el siglo XX alzándose como una gran artista internacional, espía de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial y activista antirracista.

Freda Josephine McDonald (Missouri, 1906) nacida en una familia humilde, tuvo que trabajar desde los nueve años con su madre en casa de una familia rica de St. Louis haciendo trabajos domésticos. Se casó a los trece años y a los catorce ganó un concurso de baile. A partir de este momento comenzó a trabajar en los escenarios, formando parte del trío Jones Family Band que la llevó de gira por el país. Nunca llegó a divorciarse oficialmente de su primer marido, sin embargo, Josephine se casaría hasta seis veces en total. De su segundo marido, Willie Baker, un guitarrista de blues, mantuvo el apellido artístico.

Cuando, trabajando en Nueva York, le llegó una oferta para actuar en París, en los años veinte, no lo dudó ya que estimaba que “si quería ser una artista, tenía que ser digna de París”. Se convirtió en el atractivo principal de los music-halls más famosos de la época, como por ejemplo, en el Teatro de los Campos Elíseos, donde fue la primera bailarina y cantante mestiza en actuar. Suscitó el entusiasmo del público (tras el escándalo inicial) con su baile desordenado, sus gestos cómicos y su carisma. Vestida simplemente con una falda de plátanos o de plumas, Josephine seguía los ritmos encarnizados de jazz y charlestón, ritmos aún desconocidos en Europa, en espectáculos en los que su energía se hacía contagiosa. Su gran momento era cuando bailaba poniéndose bizca. Se la considera la primera mujer negra protagonista en una película, caben destacar dos títulos: Zouzou (1934) y La princesa Tam-Tam (1935).

Además de bailarina, vedette y actriz, se lanzó al mundo de la música grabando varios discos y fue modelo y musa de fotógrafos y pintores; los cubistas estaban fascinados por sus formas.

Su libertad no solo se materializaba en el escenario, también en su vida personal: Se casó cuatro veces y cultivó numerosos amantes, hombres y mujeres, también figuras icónicas de la época como Colette, Le Corbusier o Frida Kalho. Si bien nunca habló en público sobre su bisexualidad, estos comportamientos le valieron la cancelación de algún espectáculo en su país natal durante los años treinta en donde le negaron la entrada en ciertos restaurantes o clubs.

Durante la subida del Fascismo en los años treinta, nacionalizada francesa desde 1937, se unió a la Resistencia utilizando sus contactos internacionales como espía de los aliados. Se entrevistaba con oficiales nazis a los que sacaba información o robaba documentos y cartas que después escondía en su ropa interior para llevarlos a Francia. Tras el fin de la Guerra recibió la medalla de la Resistencia como distinción a su valentía y colaboración contra el régimen del III Reich.

De vuelta, en su país natal, en los años cincuenta, se sorprendió al descubrir que las cosas no habían cambiado: Estados Unidos seguía siendo un país de blancos. A pesar del privilegio que ella disfrutaba como artista, decidió abandonar los escenarios para luchar en la calle por los derechos de las personas negras, llegando a romper su pasaporte estadounidense ante los medios. Trabajó codo con codo con Martin Luther King, en 1968, tras el asesinato del mismo, fue propuesta como cabeza de lucha del movimiento.

Josephine había acogido una docena de niños huérfanos de todos los orígenes con los que vivía en el castillo de Milandes en Dordoña, una vez arruinada tuvieron que abandonarlo, pero fue ayudada por las amistades que había forjado durante su vida; entre ellas, Brigitte Bardot o Grace Kelly le dieron apoyo económico y un lugar donde vivir.

En los años setenta, con motivo de su quincuagésimo aniversario en los escenarios actuó en diferentes espectáculos en París y Londres. Al día siguiente de su vuelta a París sufrió un infarto cerebral, falleciendo a los sesenta y ocho años. La tumba de Josephine Baker se encuentra en el cementerio de Mónaco.