En Tiempos de Aletheia

Dímelo en la calle

Recuerdo haberle conocido a finales de los años 90 en uno de esos cuchitriles de mala muerte donde los que se creen artistas lo son y la humareda de los cigarros provocan todo tipo de fantasmas metafóricos y dioses inexistentes. Él, hombre bien curtido en el arte de vivir, se había acercado a mí con donaire de suma benevolencia. Agarró uno de mis numerosos panfletos donde yo intentaba plasmar un poema o, al menos, un verso digno de mención para las generaciones futuras, y me dijo: “No te exijas, amigo, no te exijas. Cuando somos jóvenes todo es imaginación y entusiasmo, luego, con los golpes y los años, caes en la cuenta de que los primeros ya son los últimos”. Curtido, filósofo de una época pasada, genio en estado puro… A sus sesenta y tantos años reflejaba en sus ojos de vivencias plenas un sinfín de recuerdos y excitaciones sin igual, cosas que yo seguramente jamás fuese a vivir. Por aquel tiempo yo estaba sumamente asilvestrado, quiero decir, el corazón me latía muy aprisa ante las injusticias, y reclamaba en mi verborrea un bien común que tarde o temprano caes en la cuenta que no puede ser porque no todos somos iguales, como mucho, parecidos.

Yo llevaba una estrella roja en el corazón, un puño montaraz y enrevesado y una bandera de tolerancia que hacía presagiar un desánimo futuro, cuando la realidad echara por tierra mis grandiosos ideales. “Con calma, chaval, con calma, tu paz interior es la paz que debes trasmitir a los demás. En la existencia todos somos un ejemplo a seguir, por tanto… paz”. Y después de estas palabras, saboreaba su pipa al tiempo que los relojes de la madurez se detenían a 2 o 3 kilómetros de nuestros cuerpos postrados en el ánimo de lograr comportarnos como seres civilizados.

“La vida es un paso hacia un cosmos inimaginable; respeto y paz para y con todos. El karma existe porque tú estás dentro del karma, tú eres el propio karma, eres un alma y no un cuerpo”. Era bello escucharle; más bello, si cabe, la forma que tenía de reposarse a sí mismo y hacerlo con los demás. Nunca había advertido yo a una persona tan “zen”, hecha a sí misma, reflexiva, con el corazón el alto y la mirada disipada en el todo que le envolvía.

Pero aquella noche fue diferente: Estábamos donde debíamos estar porque así lo quiso el destino. Él saboreaba un té rojo mientras yo hojeaba una y otra vez mi libreta de esbozos. Entonces un joven se le acercó. Le dijo no sé qué al oído, algo que hizo que el hombre-paz tumbase inmediatamente su pipa en la mesa. Sé que se encolerizó porque sus ojos se tornaron de un color rojo intenso, de demonio sin rumbo, o algo así. Se levantó del asiento poniéndose a la altura de aquel joven y dijo: “¿Puedes repetirlo?” El joven sonrió desafiante y exclamó: “¡Hijo de puta!” Así fue que mi amigo sacó su toledana del bolsillo, con filo brillante y ganas de rajar carne fresca, al tiempo que le sentenció a aquel incauto: “Amigo, eso dímelo en la calle”.

Y la verdad es que el honor de una madre está por encima de cualquier filosofía.