En Tiempos de Aletheia

LO QUE NO SE PUEDE DECIR

En las dictaduras había censores, personas que filtraban qué se podía decir públicamente y qué no se podía decir. Ahora, en esta sociedad contemporánea basada en el permanente maquillaje, acaso seamos todos nosotros censores potenciales. Baste con tuitear un simple “buenos días” y ver cómo siempre hay algún usuario que salta repentinamente de su cómodo sofá muy ofendido, para acto seguido contentar algo así como: “buenos días para ti y para tu puta madre”.

Otro ejemplo: sube la luz en plena nevada que “asola” todo un país y no puedes decir que esto es una tomadura de pelo, una indecencia, no vaya a ser que tu opinión enseguida se complemente con las variadas ideologías que nos circundan. No puedes decir que la actual pandemia de Coronavirus está fatalmente gestionada, que los Gobiernos no tienen ni pajolera idea de cómo lidiar con esta situación que estamos padeciendo desde hace más de un año.

No puedes decir que están educando a nuestros hijos e hijas en el individualismo, en la división, en el egocentrismo y en la apariencia. No puedes dejar salir de tu boca que algo falla en la sociedad en la que vivimos cuando se premia al estafador, al falsario, al corrupto… y, al mismo tiempo, se avasalla y ridiculiza a las personas que intentan pasar por la vida haciendo el bien, ayudando en lo que pueden para así mejorar su entorno.

No puedes decir a viva voz que estás de acuerdo o en desacuerdo con tal o cual cosa, no vaya a ser que se te ponga una “X” en la solapa, una etiqueta que ya no te podrás quitar de encima aunque recapacites y, con el tiempo, cambies de opinión por convicción propia o ajena.

No puedes manifestar que estás en contra del buenismo hipócrita establecido a lo largo de los años en la cabeza de los ciudadanos. Un buenismo que nos reprueba, que hace que seamos unos queda-bien políticamente correctos, sin saber siquiera con quién tenemos que quedar bien o ser correctos. No se puede opinar libremente, en serio. Si no me creen, entren en la Red Social que mejor les venga y opinen sin pensar en el qué dirán; ya que contarán cuál es el resultado de tal osadía.

Y es que, cuando uno no tiene el valor de expresar lo que en verdad piensa, la juventud se va apelotonando frente a nuestros ojos y enseguida llega la vejez.

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