En Tiempos de Aletheia

Pensando en “Pensar un árbol”, de Yose Fernández

 

A veces, perder es ganar, y no encontrar es encontrarse, apuntó una vez Jodorowsky. Esa es la sensación que nos queda tras leer Pensar un árbol, novela de argumento evanescente nutrida de imágenes inducidas por la dicción de alguien que se intuye que ha leído mucho y ama las letras. Imágenes que son como lapsos de pensamientos: la mirada fractal de Yose Fernández.

 

           

 

Este libro es una narración personal rota en mil pedazos, una historia como una respiración entrecortada expulsada al final de cada párrafo, y es el relato de un periodo marcado por la ausencia y el desconsuelo de la cotidianeidad.

 

Santa Cruz de La Palma, una ciudad en una isla al extremo del océano, es el escenario donde un becario de mediana edad planea una tesis sobre la radiestesia, pero sus escritos le llevan al viaje interior, a infinitas reflexiones sobre el sufrimiento y el alivio, a una indagación acerca de su existencia, fundada en lo anodino de los días. Se dedica así a examinar lecturas apiladas en torres de volúmenes, organiza carpetas de archivos y revisa apuntes en jornadas que tacha de siempre improductivas. Entonces trata de reanimar sus sueños de ser un gran escritor, aunque todo indica que cualquier esfuerzo quedará frustrado por el peso de las circunstancias. Garabateando páginas con digresiones de información psíquica, establece un pulso contra su ego en una atmósfera que se asoma peligrosamente a la pérdida de sentido. Busca un estilo, un ejercicio de escritura creativa, juegos de palabras que, más allá de la broma, tornan en una búsqueda introspectiva, divagando sobre un bosque, y en él un árbol que cae desplomado repentinamente.

 

Pero ¿qué representa ese árbol? Poniendo fin a una relación muerta, su pareja se despide sin lágrimas en los ojos. En alguna parte el narrador declara: “Lo nuestro fue poesía breve del amor”, pero lo que prosigue es una recordación, una remembranza lacerante: “Hago el esfuerzo de cerrar las contraventanas y ahí está otra-ella, en frente, limpiando las ventanas de su habitación con una absurdidez infinita”.

 

La novela es rica en evocaciones. Nos habla de términos culturales de Santa Cruz de La Palma, “este pequeño pueblo con estirpe de capital”. El atrio del Ayuntamiento y la Calle Real, donde el narrador ve siempre a las mismas desgastadas personas. La casa donde vivió y llenó las paredes de murales el pintor Ubaldo Bordanova (1866-1909), fallecido presa del alcoholismo. Los Carnavales y su Sábado de Piñata, prefigurado como un limbo que nos arrastra a esencias y experiencias de extrañamiento ante la desaparición de su pareja, a borracheras y más borracheras. La Semana Santa con su Viernes Santo. El día de Navidad, en una isla donde el frío no es verdadero frío. La cuesta de la calle Baltasar Martín; las fotos grupales mal encuadradas de los niños del colegio Sector Norte, con las paredes de sus aulas pintadas de color verde claro.

 

Y con la mente anulada nos rendimos a lo especulativo del escritor que redacta este discurso atado precariamente al hilo de la realidad. La enfermedad del ser con un lenguaje alternativo que trata de diferenciarse, que se introduce en el sí mismo, que en su intento de crear una ilusión sigue una estrategia de deconstrucción. Así pugna contra los fantasmas de la incapacidad de completar la novela y en sus visiones surge el árbol en medio del bosque, un trasunto de su fenomenología, para concluir que un título muy bueno para este trabajo sería El árbol en el bosque.

 

Y le seguimos por un sendero errático, por sus notas de cafetería y sus notas ebrias de una noche somnolienta, o una mañana de resaca, que emborrona con caligrafía desmembrada, sin otro sentido que seguir su pulsión. O bien, a veces, regresa a la melancolía (fatua) y piensa que debe escribirle a ella… O bien intenta hacer coincidir la vida con el texto en tiempo real, rellenando páginas de agujeros profundos. La vida es pensar un árbol. O bien, vale lo mismo pensar en un árbol que pensar en cualquier otra cosa, porque en algo hemos de gastar la vida. El árbol simplemente existe. El árbol comienza una y otra vez. Somos muchos los que escribimos porque nos gusta, aunque sepamos a ciencia cierta que puede ser solo perder el tiempo, pero no hacerlo sería defraudar una vocación demasiado intima.

 

 

José Luis Crespo Fajardo

Universidad de Cuenca (Ecuador)

Luisa Pillacela Chin

Universidad de Salamanca (España)