En Tiempos de Aletheia

Grigori Efimovich, Rasputín. Un campesino iletrado con reputación de místico

El personaje de Rasputín, con sus orgías, exorcista e hipnotizador, introdujo en la corte del Zar un elemento bárbaro y medieval que desacreditó absolutamente la monarquía de la madre Rusia.

 

Concentrados en la Iglesia, los habitantes de Spala, con las puertas abiertas, escuchaban el monótono rumor de los rezos de los popes que se turnaban día y noche rogando al Todopoderoso. Mientras, los campesinos polacos miraban asombrados aquello que les parecía de otro mundo. De vez en cuando, la monotonía se rompía con el galopar de un caballo o el rodar de algún carruaje entrando en el castillo. Se comentaba que pocas veces se vieron tantos médicos reunidos para prestar sus cuidados al egregio enfermo en la persona del zarévich Alexis, heredero al trono, que se debatía entre la vida y la muerte, pues sufrió una caída que para cualquier niño hubiera sido una fruslería, pero para el vástago del zar fue un accidente gravísimo. La hemofilia que sufría ponía su vida en riesgo y los mejores doctores rusos y alemanes se encontraban desconcertados y amedrentados por la responsabilidad. En toda la extensión del inmenso país campeaba el silencio y la tristeza. El sufrido pueblo eslavo compartía las penas de sus soberanos e intentaban llegar a Moscú, hasta los pies del icono milagroso de la virgen de Iverskaia. En San Petesburgo, columnas humanas interminables desfilaban ante nuestra señora de Kazán.

 

En Spala, esa misma noche, se notó una mayor animación. Hasta parecía que los popes rezaban con más ahínco y el alma alborozada. Al día siguiente los soldados de la guardia informaban a las muchachas polacas que la fiebre del augusto enfermo había remitido. Al crepúsculo las campanas jubilosas voltearon alegremente celebrando la curación del zarévich.

 

El pueblo francés jamás dejó de su mano al pueblo ruso. A última hora de la tarde, un jinete cosaco llegó al patio del castillo a galope tendido y antes de que el animal se detuviese, como era costumbre, con la maestría propia, el cosaco descabalgó con un mensaje del que era portador. Los mismos soberanos salieron a recibirle y de modo impaciente desplegaron el papel amarillento que el empleado de telégrafos les había entregado y leyeron el texto: “Enfermedad sin importancia. El niño curará. Decid a los médicos que no le atormenten”. Seguían unas líneas para la emperatriz: “Dios ha visto tus lágrimas y oído tus oraciones. No te aflijas. Tú hijo vivirá”.

 

Lo que escribo, aunque semeje algo de leyenda, es la verdadera historia de Grigori Efimovich Novoyk, más conocido por Rasputín, adverada por escritos de muchos testigos. Rasputín, un campesino casi iletrado llegó a tener la reputación de un místico y taumaturgo que le valió la intimidad de la familia imperial rusa. ¿Quién era este burdo labrador de vida turbulenta que llegó a imponer su voluntad a la autocracia rusa? ¿Un embaucador, un hipócrita, un cínico? ¿Acaso un fanático, un falso iluminado convencido de poseer la verdad y estar ungido por Dios? Sin que, sobre la vida y milagros de nuestro personaje haya mucho escrito, aunque sí documentación e informes de casos concretos en los que Rasputín fue protagonista, podemos afirmar que era el prototipo de mujik ruso representante de millones de campesinos sufridos y absolutamente leales. Que era portador de todos los vicios y cualidades de su raza. Las biografías que brotaron como setas; unos trabajos más o menos rigurosos relativos a Grigori Efimovich, pero si tuviese que quedarme con alguno, me quedaría con Rasputín y el amanecer sangriento, de Lucie Murat. Por otra parte es un libro inapreciable Antes del exilio, de Félix Yusupov. Nadie puede negarle al refinado y decadente príncipe, autoridad en esta materia, puesto que por su airada mano pasó Rasputín a mejor vida. El texto del que hablo contiene las memorias del autor constituyendo un canto nostálgico al esplendor perdido, entreverado de emotivas referencias a los últimos y desdichados zares. Pero hay un capítulo magistral y apasionante si no por el talento literario del príncipe, sí porque se narra la muerte de Rasputín y las cosas inauditas que ocurrieron durante la noche de aquel 29 de diciembre de 1916 en los sótanos del palacio situado en el malecón de Molka.

 

La figura de Rasputín sigue siendo un arcano, todo o casi todo en él es oscuro y dudoso. La mayoría de los que tuvieron algún roce con Rasputín no están de acuerdo en cuanto a los fines que le impulsaban, ni en lo que respecta a su manera de ser. Unos sostienen que tenía cierta inclinación a los imperios centrales y que maquinó dentro de Rusia en pro de los alemanes. Otros decían que era un patriotismo primitivo de raíz popular.

 

Muy poco antes de la guerra del 14, Rasputín, de una manera cálida e impresionante, imitando en el tono al profeta Jeremías, le dijo al zar:Una nube amenazadora se extiende sobre Rusia. ¡Desgracias y sufrimientos sin fin! Oscurece sin que se vea un solo rayo de luz. Tan solo un mar de lágrimas, un mar sin límites y de sangre. Aparece el espectro de la guerra que es el principio del fin. Tú eres el zar, el padre del pueblo. No dejes que triunfen los insensatos y que, al perderse ellos, se pierda el pueblo. Alemania será vencida. Pero ¿qué será de Rusia? De verdad que desde el comienzo de los siglos jamás hubo una calamidad mayor. Rusia será ahogada en sangre. Duelo sin fin”.

 

Cierto es que, bueno o malo, sincero o redomado hipócrita, santo o demonio, el hombre que exclamó: “A pesar de mis posibles pecados, soy un pequeño Cristo”. Ni de vulgar ni de anodino tenía nada. Su vida y su muerte son extrañas y monstruosas, descomunales en el sentido de que ascienden de la común medida. Por causa de ello se ha formado sobre su nombre una oscura leyenda, alimentada por el periodismo sensacionalista y la literatura barata. Además de Hollywood y el cine tremendista británico que han puesto sus pecadoras manos sobre la figura de Rasputín, confundiendo aún más su ya borrosa silueta.

 

Existen escasos datos biográficos y aún contradictorios, aunque también los hay contrastados. Amigos y enemigos no saben cómo barajar los naipes de su vida. Sabemos que nuestro personaje nació en los principios de 1871, en una aldea de nombre Pokrovskol, del distrito de Tumen, en los confines de Siberia Occidental. Se trataba más de un villorrio campesino, de una colonia de libertos entregados a toda clase de vicios y aberraciones. Su padre era un borracho, mujeriego, traficante y varnak (ladrón de caballos). No es de extrañar que la infancia de Grigori transcurriera de manera poco ejemplar. Sus amigos pronto le llamaron Rasputín; es decir, pillete, perdido, extraviado. La escuela que tuvo fueron las correrías por los bosques y los azotes que con frecuencia ordenaba darle el ispravnik. En la adolescencia ya era un sujeto brutal y sensual dotado de un gran vigor físico, además del poder de la sugestión. Recorrió muchos kilómetros pidiendo limosna para la construcción de un templo imaginario, pero que con ello consiguió importantes sumas de dinero y aprendió a explotar la infantil credulidad del pueblo ruso y hasta de sus clases dirigentes.

 

Los fanáticos del placer brotaban a su alrededor como setas llegando a formar una secta con instintos místicos que llamaron “los flagelantes”. Su idiosincrasia fascinante, al mismo tiempo que repulsiva, pretendía infundirse en el Verbo y encarnar a Cristo. Poseían un código religioso-moral formidable, según palabras del príncipe Yusupov: “La salvación está en la contrición y esta no puede existir sin el pecado. Pequemos pues hermanos para obtener la salvación”. Rasputín añadió de su cosecha: “pecando conmigo vuestra salvación es más cierta, puesto que yo encarno al Espíritu Santo”. Las ceremonias eran orgiásticas. Había invocaciones, cánticos, flagelaciones en comunidad y danzas eróticas, acompañadas de barbaridades de alcohol. Según los sectarios conseguían que El Espíritu Santo se posara en ellos. Por supuesto Rasputín, pronto se distinguió como un alumno adelantado y bailaba, cantaba, bebía, se flagelaba y hacía todo lo demás con un vigor inverosímil. Pronto por Siberia occidental se corrió la voz de que era un “hombre señalado por Dios”.

 

Según un informe, se reunían de noche en el campo alrededor de un montón de leña en el que se echaba incienso y plantas aromáticas que luego encendían y hombres y mujeres cogidos de las manos, danzaban formando un anillo alrededor de la hoguera, gritando sin cesar: “Señor perdona nuestros pecados, ya que nos arrepentimos de ellos”. Poco a poco se iban exaltando poseídos de un furor místico, soltándose de las manos se echaban en el suelo revolcándose, donde se entregaban a todo tipo de excesos. Los hombres se guardaban un jirón del vestido de la mujer con la que habían gozado, dándose los casos de que el padre reconocía a su hija y la madre a su hijo.

 

Rasputín, que era un lince, consideró que los aires siberianos no le convenían y dejó tras de sí a cuatro hijos –dos mujeres y dos muchachos–, y partió a pie hacia su destino. La ciudad de sus sueños: San Petesburgo.

 

El viaje fue bien aprovechado por Grigori. Visitó todos cuantos monasterios encontró al paso donde predicó a las gentes sus extrañas ceremonias. Estuvo en refugios para pobres, pero también visitó y disfrutó en casas de ricos. Intentaba memorizar, sobre todo, grandes párrafos de escrituras sagradas y con su portentosa memoria, llegó a desconcentrar a sus enemigos y conseguir prosélitos. El ascendiente que logró conseguir con la mismísima zarina, demuestra que nuestro personaje no era un vulgar cualquiera y tenía verdaderas dotes naturales. Téngase en cuenta que la emperatriz Alejandra Fedorovna se había doctorado en Filosofía en Oxford. Pero los detractores del staretz dicen que la inestimable ayuda no consiguió deformar sus disolutas costumbres. En Tsaritsin, que luego se llamaría Stalingrado, practicó sus artes de exorcista sobre una joven religiosa, a la trataba de quitarle los diablos del cuerpo, pero lo malo es que la interesada denunció a los tribunales una supuesta violación. Años después, cuando sus enemigos sacaban a la luz el episodio de la monja, querían quebrantar la popularidad de Gregori.

 

En Kazán la policía le sorprendió a la salida de un burdel persiguiendo a una cortesana desnuda a la que iba flagelando con un cinturón mientras sus adictos incondicionales sostenían que todo era pura calumnia para desacreditar al hombre marcado con el sello de Dios. Las masas se arrodillaban a su paso –en pueblos y ciudades– gimiendo y llorando: “Cristo nuestro; Salvador nuestro, ruega por nosotros pobres pecadores. Dios te escuchará”. Rasputín sereno con una mirada brillante levantaba las manos y gritaba a pleno pulmón: “Yo os bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, hermanitos míos. Tened confianza y mortificad vuestra carne en su nombre”.

 

Pronto todo San Petesburgo quedó encandilado ante aquel extraño personaje. No cabe duda que fueron las grandes damas de la corte quienes mayormente abogaron por el profeta siberiano.

 

El príncipe Yusupov transmitió las palabras del honrado Teófano, un hombre sencillo, casi ingenuo y bondadoso: “¡He aquí a Grigori Efimovich que es un hombre sencillo: Vuestras Majestades sacarán provecho escuchándole, puesto que la tierra rusa habla por su boca!” Después de cada arrepentimiento queda puro como un niño al que van a bautizar. Las palabras de Rasputín buscaban siempre el terreno propicio. Por ello se presentó una vez ante los zares con sus ropas de campesino llano, y leyó el episodio del Rey Juan amigo del pueblo bajo que le vitoreaba con frecuencia. Sus ojos se iluminaron y exclamó emocionado: “¡Así es como yo quisiera ser, el rey del pueblo!”

 

El escándalo seguía a Grigori, Rasputín, donde quiera que fuere. Su intimidad con Ana Viruvoba, viuda de un oficial de la Marina y dama de la Emperatriz, fue la comidilla de los salones. He dicho que el escándalo perseguía a Rasputín. Pero también marchaba tras de sus pasos la más desvergonzada fortuna, que recibió la orden de alejarse de la corte. Antes de partir, Rasputín increpó a la soberana Alejandra diciéndole: “Arrojáis al hombre de Dios. Pero Dios se vengará hiriéndoos en lo que más queréis. Me llamaréis antes de que llegue a la ciudad de Moscú”.

 

Si Rasputín hubiese sabido prescindir de los escándalos y de la vida orgiástica, su poder en todos los confines del imperio ruso habría sido absoluto. Como he dicho al comienzo de esta historia, la figura de Gregori Efimovich era la de un siberiano zafio, poco instruido. Pero sabía leer, pese a lo dicho por sus detractores. El ministro del Interior que era un adversario declarado, cuenta que en cierta ocasión Rasputín quiso hipnotizarlo y casi lo llegó a conseguir.

 

En 1911 hubo una campaña sostenida por la prensa de San Petesburgo contra Rasputín y una abierta apelación del alto clero que se tradujeron en un cambio de aires transitoriamente. Partió hacia Tierra Santa y al regreso, visitó a algún monje discípulo suyo.

 

Es curiosa la circunstancia que se da en este caso concreto, pues cuando llegó a San Petesburgo, su influjo no hizo otra cosa más que acrecentarse. La zarina, sin tenerlo al lado, se sentía inerme. Su confianza era absoluta. Pero llegó un mal día para Gregori Efimovich en el cual sus enemigos consiguieron hacerse con una prueba fotográfica de una de las típicas orgías de Rasputín, el hombre Santo, y sin tardar, se la entregaron a la zarina que indignada llamó al jefe de policía para que personalmente abriese una investigación para descubrir al desalmado que suplantó a Grigori.

 

El obispo de Saratov, seguido de un grupo de dignatarios de la iglesia rusa, acudió indignado ante Rasputin al que le increpoó airadamente: “Maldito, víbora sacrílega, fornicador, bestia maloliente, víbora del diablo. Jamás serás sacerdote”. Al tiempo le escupían en la cara. Grigori rugiendo de ira lanzó injurias tremendas, pero el obispo Hermógenes se quitó la cruz pectoral y con ella golpeó fuertemente en la cabeza a Rasputín, mientras le gritaba: “De rodillas ante los santos iconos y pide perdón a Dios por tus pecados inmundos”. El staretz se vengó de inmediato. El irascible obispo Hermógenes perdió su sede y el resto fueron arrestados.

 

Durante dos largos años, el siberiano se mantuvo alejado de San Petesburgo, aunque algunos dicen que hizo alguna que otra escapada. Pero antes de salir, advirtió a los soberanos: “Sé que los malos me acechan. ¡No los escuchéis! Si me abandonáis perderéis a vuestro hijo y la corona en un plazo de seis meses”. Grigori tuvo un atentado y por esta causa estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte, debido a las graves heridas, pero logró sanar y a finales del verano ya estaba de regreso en San Petesburgo.

 

Como la llama de una vela, la vida y la influencia de Rasputín brillaron más intensamente que nunca, antes de apagarse. Su ascendiente sobre la familia imperial era cada vez más notorio. Las denuncias e interpelaciones ante la Duma eran constantes, pero todas le resbalaban sobre la dura epidermis del santo hombre. Ministros que airaban la voz contra Grigori acudían luego de tapadillo a su casa.

 

Poco a poco se iba cerrando alrededor de nuestro personaje un círculo de hierro y, en el verano de 1915, el procurador supremo del Santo Sínodo planteó al propio zar la necesidad de alejar a Gregori Efimovich. Fue a principios de 1916 cuando el presidente de la Duma dijo: “¿Qué se puede hacer cuando los ministros y los que rodean a su Majestad son criaturas de Rasputín?”

 

Todos sabían que debía desaparecer. La semilla no fue arrojada en vano. El príncipe Yusupov, el gran duque Paulovich y el diputado Purichkevich, decidieron atraer a Rasputín a alguna fiesta nocturna para acabar con él para siempre.

 

En cuanto al gran duque Dimitri se unió con el fin de hacer un guión cinematográfico. Cuando Rasputín se sintió más que adulado, cuando aplicaba los apelativos de “papá” y “mamá” para tratar a los soberanos. Finalmente, Yusupov invitó a Rasputín a acudir a su mansión en Molka y este puso como condición que el príncipe en persona lo fuese a buscar.

 

Según parece, el plan de los conjurados era el de envenenar al staretz en los sótanos del palacio. El propio Yusupov cuenta que dio asueto a su ayuda de cámara, Iván, y a su mayordomo, Bujinski, después de ordenarles que sirvieran té para seis personas y comprasen bizcochos y pasteles. Rasputín se había acicalado –cosa rara en él– lucía una blusa de seda bordada con calzón de terciopelo negro y botas relucientes. Estaban solos en el amplio comedor del sótano y hablaron durante mucho tiempo. Por fin Efimovich probó varios pasteles, pero con gran estupor de su interlocutor, no mostró signo alguno de envenenamiento. Pero al fin, abajo, Rasputín comenzó a respirar dificultosamente. Su fortaleza física le permitió resistir el primer embate del veneno. De pronto se levantó y se fue hacia un crucifijo de cristal que se hallaba en una hornacina. Fue en ese momento en el que el príncipe disparó contra Grigori apuntando al corazón. Al ruido del disparo, acudieron todos los del grupo incluido el doctor Lazovert que inclinándose sobre el staretz certificó que la bala le había atravesado la región cordial y que, sin duda, estaba muerto… Cerraron la puerta del sótano y apagaron las luces. El príncipe Yusupov tuvo un raro presentimiento que le hizo regresar al sótano. El príncipe Yusupov se acercó al inerte cuerpo de Rasputín. Este se agitó, abrió los ojos y en un esfuerzo sobrehumano se puso en pie agrediendo a su asesino, el cual, gritando como un poseído, huyó pidiendo auxilio a sus compañeros. Cuando regresaron vieron a Gregori arrastrándose sobre las rodillas y el vientre, subiendo lentamente la escalera hasta ganar la puerta del patio exterior y desaparecer, perdiéndose en la oscuridad de la noche. El diputado Purichkevich le siguió y disparó cuatro veces sobre la espalda de aquel monstruo. Rasputín se detuvo breves instantes, luego rodó, inerte, junto a un montón de nieve en la linde de la calle.

 

Al día siguiente fue encontrado el cuerpo tendido sobre el hielo. La zarina, personalmente, ordenó la detención del príncipe Yusunov. Sin embargo, nadie se atrevió a ponerle mano encima al diputado, miembro de la temible Secta Alianza del Arcángel San Miguel. Pero el gran duque Dimitri, también fue arrestado por el mismo zar.

 

El cadáver del staretz fue conducido al asilo de los Veteranos de Echesma. Se le practicó una autopsia y después fue enterrado con un crucifijo sobre el pecho y con una carta de la zarina en la mano diestra que decía: “Mi querido mártir dame tu bendición a fin de que ella me conduzca constantemente por el camino doloroso que me resta por recorrer aquí abajo y acuérdate de nosotros desde lo alto en tus santas oraciones”.

 

El senador Dobrovolski fue encargado de instruir el sumario e invocó el espíritu del Santo Padre apremiándole para que le dijese el nombre de los asesinos… Después de la desaparición de Grigori Efimovich Novoyk, Rasputín, constituye un verdadero enigma. Pues escritos publicados por una de sus hijas no aportan nada nuevo ni sacan de dudas razonables.